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blanquear la piel

  • Musa Embellé- Reina Elizabeth I

    Es difícil pensar en un ícono de belleza más dramático que la Reina Elizabeth I, la mujer que guió a Inglaterra e Irlanda durante 45 años. 

    Al pensar en la Reina Elizabeth o el periodo de la historia inglesa nombrado en su honor, una imagen de sus retratos viene a la mente: cabello rojizo flamante, piel de porcelana y una expresión y postura que denotaban que aún siendo una mujer delicada y sutil tenía el corazón y la valentía de un Rey. 

    Se dice que Elizabeth fue muy vanidosa y se preocupaba por ser vista como la más joven y bella de la corte. Aunque esto no es de asombrar puesto que su imagen y vida se encontraban bajo un escrutinio intenso todo el tiempo. Ciertamente ella sabía la importancia y el valor de de controlar su propia imagen, como Robert Cecil, su secretario de estado y consejero atestiguó en 1570:

    "Muchos pintores han creado retratos de la Reina, pero ninguno ha podido plasmar suficientemente bien su buen gusto y encanto. Es por esto que Su Majestad ha prohibido hacer retratos de ella hasta que alguien lo suficientemente bueno haga uno que después otros pintores puedan copiar. Su Majestad, por lo tanto prohíbe que se muestren retratos que son feos hasta que sean mejorados"

    Elizabeth utilizaba varios cosméticos para aclarar la apariencia de su piel apiñonada (probablemente heredada de su madre, Anne Boleyn, quien se dice tenía piel oliva). La piel muy blanca era el epítome de la belleza en la era de Elizabeth tanto en Inglaterra como en toda Europa y una gran variedad de productos se ofrecían para aclarar la piel desde las claras de huevo, el alumbre hasta el mortal albayalde (carbonato de plomo color blanco que se emplea en la pintura), de las cuales la Reina Elizabeth se dice que usó todas durante su vida. 

    En 1562, Elizabeth contrajo viruela, y tanto las cicatrices que dejó la enfermedad junto con el proceso natural de envejecimiento la orillaron a aplicar en su piel el albayalde que le dio un aspecto fantasmal. Demasiado blanco y opaco. Desafortunadamente, a pesar de resultar efectivo en dar la apariencia de una piel más clara, el albayalde era increíblemente tóxico, lo cual dejó la piel de la Reina gris, opaca y marchita. Con el paso del tiempo, Elizabteh tuvo que usar cada vez más albayalde para cubrir las imperfecciones y el daño causado a su piel. Se convirtió en un ciclo sin fin. 

    Pero el look de la Reina Elizabeth -la piel hiper blanca, las mejillas sonrojadas, labios rojos y las cejas depiladas en forma de arcos altos- tenía una intención más allá de seguir la moda y verse joven: estaba diseñado para demostrar su poder y estatus como Reina. Recordemos que en aquella época, la piel blanca era vista como sinónimo de una clase social alta, de poder, las pieles quemadas por el sol o morenas significaban clase trabajadora que tenía que laborar bajo los rayos del sol que quemaban su piel. 

    Es irónico pensar que aquellas prácticas de belleza de la Reina Elizabeth, con arsénico plomo y otros químicos peligrosos en sus cosméticos, la condujeron hasta su muerte por envenenamiento de la sangre a los sesenta y nueve años. 

     

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  • Musa de belleza: Marie Antoinette

    "Me pinto los labios y me lavo las manos en frente de todo el mundo"

    Maria Antonieta, 1770

    La apariencia y la belleza tenía que ver todo con el estatus, según la reina de Francia, incluso antes de ser coronada, y tanto su manera de maquillarse como su ritual de belleza fueron simbólicos. 

    Su estatus actual en la cultura de la moda y la belleza como un ícono a admirar es tan fuerte -como lo ha demostrado Sofía Coppola con su película en 2006- que parece sorprendente que el nombre de Maria Antonieta no sea considerado como una belleza excepcional. 

    De los 'defectos' que su madre encontró en ella, los peores fueron aparentemente su dispareja línea del cabello, nariz aguileña y su labio inferior que era más grueso y sobresaliente que el superior. María Antonieta estaba consciente de estas 'deficiencias' que su madre notaba en ella pero su soberbia era tal que le decía a su asistente principal, Madame Campan, que le avisara cuando las flores dejarán de tratar de parecerse a ella cuando tenía tan sólo 25 años.

    Su característica más hermosa, según sus contemporáneos y que ha sido resaltado con elegancia en sus numerosos retratos es su brillante y blanca complexión, no sólo de su rostro sino de su cuello, hombros y pechos. 

    Su famoso ritual de belleza era privado, sólo sus asistentes más cercanas e importantes podían estar presentes. Este ritual incluía el lavado de rostro y cuerpo, aplicación de una tinta o polvo blanqueador de la piel y arreglar el cabello y aplicarle un polvo para estilarlo. 
    Después continuaba con el ritual de maquillaje que ya era público, comenzaba a medio día. En la biografía de María Antonieta, se menciona que este proceso podía volverse muy complicado ya que cualquiera (quien tuviera el derecho y permiso de entrar al palacio, claro) podía aparecer en cualquier momento y debía ser recibido con el protocolo de bienvenida apropiado, retrasando todo el proceso de maquillaje. 

    Para colmo, el protocolo de maquillaje dictaba que la Reina no podía estirarse o moverse para alcanzar ningún artículo, sino que tenía que esperar a que le fueran entregados. 

    Cuando el rubor era aplicado, en enormes círculos precisos de color escarlata, resultaba muy poco natural pero era una manera de mantenerse dentro de la tendencia de moda de la clase alta ya que el rojo y el escarlata eran colores simbólicos de las mujeres y hombres de la aristocracia ya que rápidamente los diferenciaban de las masas e indicaba su estatus alto. Una vez que el ritual de maquillaje terminaba, los hombres presentes se retiraban y sólo hasta entonces María Antonieta podía, por fin, ponerse sus vestido formal. 

    Esta es una representación del maquillaje de Maria Antonieta en la película protagonizada por Kirsten Dunst en 2006

    Puede que parezca completamente anticuado ahora, pero la corte dependía totalmente de los símbolos externos de estatus y la madre de María Antonieta la presionó a aprender y hacerse de estos símbolos de estatus antes de que se convirtiera duquesa y después reina. Y esto funcionó: su régimen estricto de belleza creó estilos que se infiltraron en la vida cotidiana de las mujeres al rededor de Europa y ayudó a asegurar su posición precaria en la corte francesa. 

    No obstante para la década de 1780, María Antonieta ya casi no aplicaba sus polvos de maquillaje y sus mejillas comenzaban a verse descoloridas. Los labios ya no los pintaba. A pesar de que sólo estaba siguiendo la tendencia europea por el naturalismo y una belleza más limpia, sin darse cuenta estaba desechando todos los símbolos que la señalaban con un estatus alto, privilegiado y que no congeniaba con el sistema de Versalles. 

    Después, al final de su historia, el ritual de belleza cambiaba en cada nueva prisión durante su encarcelamiento: Antes de su ejecución, todo lo que quedaba de su vasto y complejo cuarto de baño era una caja de polvos, una esponja grande y fina y una pomadera. 

     

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